Aprovechando que después de las sesiones de natación me cuesta relajarme y por lo tanto dormir aquí va las historieta de la semana, que por cierto va sobre las emociones y sobre el qué puede llegar e emocionar a uno.
Las emociones, las grandes emociones, las potentes, las que a uno le hacen estremecerse, sentir como si flotara por unos momentos, nunca se ven venir, son inesperadas y esta caraterística es inherente a su naturaleza.
Por eso son emociones ¿no?
Uno se puede emocionar viendo un precioso paisaje.
Escuchando una canción que le recuerdo algo especial.
Observando una obra de arte.
Viendo una película en el cine.
Se trata de una reacción anímica/fisiológica/mental muy subjetiva y que depende en gran medida del sujeto que la padece/sufre/disfruta/siente.
Creo que hasta aquí mucha gente estará de acuerdo conmigo ¿no?
Todo esto viene a colación porque este fin de semana pasado estuve en Alicante.
Y sí, me emocioné.
Me emocioné por diversas y diferentes razones.
Me emocioné dando un baño a mi sobrina, que también es mi ahijada, y oyendo como por primera vez decía mi nombre (o al menos eso parecía).
Hasta aquí nada extraño ¿no?
Me emocioné viendo como mi perra Lola me quiere, me recuerda y me respeta a pesar de que sólo me ve cada cierto tiempo.
Me emocioné cuando salí a correr un rodaje largo y me sentí comodísimo marcándome un ritmo alto.
Me emocioné viendo a mi hermano bregar con mi sobrina… nada extraño.
Me emocioné viendo el barrigón de mi cuñada. Ya viene la segunda sobrina de camino.
Me emocioné viendo a mi madre disfrutando del café con leche que le llevé a la cama el domingo por la mañana (qué importantes son los pequeños placeres… pequeños que realmente son infinitamente grandes).
Pero ocurrió algo que no me esperaba.
Algo que podríamos etiquetar de cotidiano me hizo estrecerme.
Quizá parezca un tanto prosaico lo que voy a explicar pero es totalmente cierto.
Mi madre, santa mujer, preparó un arroz con rape el domingo para comer. Nada especial dado que es bastante normal que los domingos se coma arroz en casa de mi madre.
Pero esta vez fue especial.
Sentado en la mesa con mi cuñada, mi hermano y mi madre, y con el tenedor en la mano derecha, fue echarme a la boca el primer montoncito de arroz a la boca y…
… fue tal la emoción que sentí, hasta tal punto me estremecí que incluso se me puso la piel de gallina.
Y no estoy exagerando lo más mínimo.
La explosión de sabor que sucedió en mi boca fue tan potente que nunca antes había sentido nada parecido.
Nunca antes había sentido nada igual comiendo nada en absoluto.
Fue increible. Sublime.
Ni que decir tiene que el arroz estaba increiblemente bueno, pero fue tal la sorpresa al sentir tal emoción que se potenció el efecto de la misma.
Hay quien me ha dicho que se trata de nostalgia.
Hay quien me ha dicho que estoy como una cabra.
Hay quien me ha dicho que mi madre es una cocinera mística.
Yo digo que igual que me emociona la idea de cruzar la meta de un IM, igual que me emocionará el hecho de hacerlo, o igual que me emociona el abrazo de un amigo…
… ¿por qué no me puedo emocionar con algo tan cotidiano, real y auténtico como un buen plato de arroz?
Joder… es que estaba de escándalo
